Por Janet E. Fletcher

Artículo enviado por Ángela G.H.

Antes de la lectura de este ensayo, quiero que sepas que he llegado  a lugares a los que nunca antes fui dentro de mí, estrujando sobre mi historia personal.  Lo que tengo que compartir es muy directo y muy fuerte.  Estas son verdades tal y como yo las veo.  Esta es mi historia, y las lecciones aprendidas durante mi viaje personal.  Te pido que las aceptes como tales.

Cada uno tiene un viaje único a través de la vida.  Cada uno de nosotros aprende un conjunto único de lecciones.  Si tu viaje es paralelo al mío, que así sea.  Y si no lo fuera, tal será la voluntad del Señor.  Los lugares de ninguno de nuestros viajes están en un nivel superior a los de la otra.  Esto solo los hace diferentes y separados.  Te pido que respetes esta historia, la historia de mi viaje, ya que es difícil de contar y compartir.  Y esa dificultad me deja expuesta y muy vulnerable.  Sin embargo, creo que este es el momento para contar esta parte de mi historia.  Gracias.

 ¿Por qué mentimos

Sí, nosotros, transgéneros y, sobre todo, transexuales, mentimos.  Y engañamos a las personas más importantes de nuestras vidas.  Y mentimos acerca de cosas muy importantes.  Y mentimos mucho.

Está bien, yo admito lo inadmisible.  Y digo la más amarga verdad sobre los transexuales.  Y acepto que a muchos de los que lean este ensayo no les gustará que se diga la verdad.

Ahora voy a explicar por qué mentimos.  Sé que no todo el mundo aceptará este ensayo como la verdad, como un hecho. Entonces, ¿por qué deberías hacerlo tú?  Quiero decir, yo soy transexual, y admito que miento.  No sólo que miento, sino que soy muy buena en la mentira y muy experimentada en ello.  También voy a hacer otra cosa.  Voy a utilizar a mí misma y a mi Mary-Lou como ejemplos.  A nadie más.  Esta es mi historia. Pero te aseguro que, si estás dispuesta a creer en mí, esto es algo en lo que todos los transexuales en lo más profundo de si estarán de acuerdo.  Esto es algo que compartimos profundamente.

Mentimos por muchas razones.  Algunas menores, otras mayores.  Algunas fáciles de entender, otras imposibles.

La razón principal por la que mentimos es la negación.  Los transexuales somos los creadores del concepto de negación.  Somos profesionales en esto.  Nosotros escribimos el libro de la negación.  La negación es un tipo de mentira.  Un tipo muy peligroso.  Se inicia con los hechos.  En el fondo sabemos que somos diferentes.  Pero no queremos reconocer esa diferencia.  Porque reconocer esa diferencia es permitirnos reconocernos.  Tal vez sólo por nosotros mismos.  Pero aún así, reconocidos y etiquetados.  Nadie quiere ser etiquetado como transgénero, o transexual, o Crossdresser, o travesti.  Estas palabras tienen graves consecuencias en la sociedad.  Connotaciones negativas.  Connotaciones graves.  Sin embargo, al admitir internamente que somos transexuales, estamos admitiendo que la sociedad va a condenarnos, que tiene derecho a condenarnos.

Yendo un paso más allá, muchos de nosotros hemos sido enseñados desde una edad muy temprana en que si somos “raros”, la respuesta apropiada es internalizar esa rareza, llevar una vida normal, y rezar a Dios para la redención de nuestro horrible pecado.  No importa si a esa “rareza” se le llama transexual u homosexual en la naturaleza.  Fuimos criados y se nos enseñó que mentalmente podemos hacer que esto desaparezca, y que es nuestro deber moral hacerlo.

Para aquellos de nosotros nacidos en los 40’s, 50’s y 60’s, ¿puedes imaginarte que te atrevieras a admitir que eras homosexual o transexual a tus padres?  Yo sé que si yo le hubiera dicho a mis padres, cuando a la edad de 14 años supe que era transexual, que yo era transexual…  Bueno, eso fue en 1966, y mis padres eran católicos de segunda generación venidos de Polonia.  Hubiera sido, lo más probable, institucionalizada, drogada, y, posiblemente, tratada con terapias de aversión severa.  Nada de eso habría funcionado.  Pero aquello estaba bien para aquel entonces, el sistema lo estaba intentando.  Hubiera sido mi culpa que los tratamientos no funcionaran.

Ya ves, me enseñaron que si eras diferente, era culpa tuya.  Y que tú, y sólo tú, podrías corregir esa falla.  Tú, y sólo tú, eras el responsable de esa falla.  Yo estaba defectuosa.  Yo quería algo tan malo como ser una niña.  Pero yo había nacido niño.  Sinceramente pensé que yo era una enferma mental.  Y estaba aterrada de lo que hubiera sucedido si se lo dijera a nadie.  Aterrorizada de que alguien pudiera descubrirlo todo.  Así que mentía.  Mentía sobre quién y qué era yo.  Mentía acerca de mis sueños.  Mentía sobre todo.  Les mentí a todos.  Y lo peor de todo, me mentí a mí misma.

Me mentí a mí misma.

 Verdad # 1

Nosotros primero mentimos para protegernos de una realidad que sabemos que nos destruirá.

Y esa fue la peor mentira que jamás conté.  Pero entonces, ¿qué otra cosa podía hacer?  Recuerda, era en 1966, yo tenía 14 años, en una pequeña ciudad rural del medio-oeste de América, semi-educación muy católica, padres muy étnicos….  Te lo pregunto en serio, ¿qué otra cosa podía hacer?

Y así, la negación comenzó.  Y con la negación, el patrón de mentir para encubrir quién y qué era yo en mi interior.  Por cierto, ¿qué estaba negando?  Simplemente, quién y qué yo sabía que era, dentro de mí.  Me negué mi sexo, mis sentimientos, mis emociones.  He negado mis sueños.  Me negué todo lo que pude.

Verás, yo quería desesperadamente ser normal.  Y yo sabía que no lo era.  Y yo temía que nunca lo sería.

Así pues, entonces se establece el patrón.  La mentira y la negación son las herramientas que utilizaré para vivir.  Estas son las herramientas que estaba obligada a desarrollar de modo que pudiera existir, las únicas que pude encontrar para existir.  Y, si tú quieres oir otra verdad y, de nuevo, si me crees:  Estas herramientas funcionaron.

De alguna manera llegué a la edad adulta sin ser capturada y sin matarme a mí misma.  Porque si yo no hubiera hecho lo que hice, hubiera seguramente sido capturada e ingresada en instituciones, o me hubiera suicidado.  Esa realidad es un hecho, no una teoría.  Y esa realidad es una realidad extremadamente difícil para crecer con ella.

Pero me convertí en un adulto.  Yo había contado algunos de mis sentimientos a otro ser humano, una novia que tenía desde hacía varios años.  Pero sólo a ella.  Nuestra relación terminó mal.  Yo intenté suicidarme, y fallé.  Sinceramente, creía entonces (y aún albergo dudas) que nuestra relación terminó porque le dije que era transexual.  Porque traté de compartir esta parte de mí con ella.  Decidí que nunca volvería a hacerlo.  Tampoco pensaría esos pensamientos.  Tampoco sentiría esas necesidades y emociones.  Yo tenía 19 años de edad.

¿Funcionó?  Sí y no.  Fui capaz de actuar en consecuencia unos 5-6 años.  Durante ese tiempo me gradué en la universidad y me casé.

Entonces, mi negación dejó de funcionar.  Los sentimientos regresaron.  Las necesidades regresaron, las emociones regresaron.

Ahora, echemos un vistazo a esto más de cerca: Tengo 24-25 años, o así.  Sentimientos que no quiero que surjan, están surgiendo.  Tengo una nueva esposa.  Una esposa que yo creo que es muy conservadora.  Una esposa que amo intensamente.  Todavía no entiendo muy bien lo que son estos sentimientos, qué los está causando.  Todavía no estoy segura de que no soy la única en el mundo.  Todavía no estoy segura de que no soy “un enfermo mental”.  Todavía no tengo los recursos para aprender algo sobre lo que estoy sintiendo.  Yo definitivamente no entiendo esos sentimientos.  Y creo sinceramente que estos sentimientos provocaron que aquella relación anterior, con la única persona con la que jamás los había compartido, llegase a su fin.

Pero yo no podía hacer que los sentimientos, necesidades y emociones desaparecieran.  Y sí que lo intenté.  Sí, yo rezaba.  Sí, hice todo lo que podía pensar en hacer…, pero los sentimientos simplemente se mantuvieron.

Luego, algo sucedió dentro del matrimonio que, en esencia, me obligó a empezar a decir la verdad. Porque en aquel momento estaba usando la negación y estaba mintiendo por omisión.  Pero también estaba convencida de que, si yo lo dijera, el matrimonio iba a terminar.  Mary-Lou desarrolló una infección por hongos grave, debido a las pastillas anticonceptivas que estaba tomando.  El sexo normal no era posible durante meses.  Yo, que era un hombre joven, era extremadamente sexual.  Lo admito.  Pero también admito que no me gusta.  Y que no hay nada que un individuo pueda hacer para disminuir el deseo sexual y las necesidades sexuales.  Empecé a buscar alternativas para la liberación sexual.  Yo soy monógama, siempre lo he sido y siempre lo seré.  Yo nunca he “engañado” a nadie en mi vida.  Así, ese asunto ni siquiera fue considerado.  Pero había otra posibilidad.  El travestismo puede, y de hecho lo hizo, liberar las tensiones sexuales que yo sentía entonces.

En aquel momento, yo estaba trabajando en una fábrica de acero.  La importancia de esto es la de la literatura que estaba disponible para leer por la noche, cuando se trabajaba en  el  turno de las 11:00pm-7: 00am:  Pornografía y revistas de armas. Después de leer todas las revistas de armas de fuego, me desesperé.  Comencé a agarrarme al porno por desesperación. Y descubrí “las Cartas de Penthouse”.  Y, aún más sorprendente, descubrí a gente que estaba escribiendo cartas sobre travestirse.  Descubrí, por primera vez, que yo no estaba sola.  Para los próximos diez años, mi principal fuente de información y apoyo, vino de “Variaciones” y revistas similares.

Y con este conocimiento de que no estaba sola, empecé a buscar la forma de utilizarlo para reducir la tensión sexual que estaba sintiendo. Ya lo sé, debería haber buscado ayuda. ¿No es todo esto una retrospectiva maravillosa?  Pero no lo hice.  Una vez más, hice lo que pensé que debía.  Había resuelto el problema que había dentro de mí.  E interioricé el tema y negué las partes importantes del problema.

Así que, cerca de 18 meses de comenzar nuestra relación, introduje el comportamiento del travestismo en nuestro matrimonio.  ¿Dije la verdad?  Dije algo de la verdad.  De nuevo me estaba negando en gran parte a mí misma.  Y sólo dije las partes de la verdad que yo pensaba que me podrían ayudar.  No las partes de la verdad que yo temía.  Y Mary-Lou, que era una enfermera rural conservadora, fue introducida en el mundo real.

¿Su reacción?  Ella lo odiaba.  Lo odiaba con pasión.  Pero me permitió travestirme de forma muy limitada.  ¿Por qué?  Pregúntaselo a Mary-Lou, esa sería su historia, y esta es la mía.

Y esta es la segunda mentira:  Mentir a nuestros seres queridos.  Yo ya sabía cómo mentir.  Lo había hecho la mayor parte de mi vida hasta el momento.  Y era malditamente buena en ello.  Además, estaba aterrada de que si la verdad se supiera, los resultados serían desastrosos.  Pero esa vez, estaba decidida a buscar algo semejante a la verdad.  Así que durante los siguientes 5-7 años, perseguí la verdad.  La verdad acerca de aquellas emociones, necesidades y sentimientos que ya no podía seguir negando tener.  Le dije algo de la verdad a Mary-Lou.  Yo quería decirle toda la verdad.  Pero sobre la base de su reacción ante lo que le dije, estaba aterrada de decirle nada más.

 Verdad # 2

Mentimos a nuestros seres queridos, porque tenemos miedo de lo que pasará cuando se enteren.  Sabemos que, inevitablemente, lo harán, pero preferimos poner antes de ese momento, el mayor tiempo posible.  Y para muchos, sino la mayoría de nosotros, esto ha sido reforzada por experiencias anteriores.

Así, alrededor de los 30-32 años, por fin encontré las respuestas que buscaba.  En realidad, una respuesta.  Que yo era una transexual.  En esencia, una mujer nacida en el cuerpo de un hombre (recuérdese que este es mi punto de vista de hace 12-14 años, no el de ahora).  Ahora, otra verdad:  Yo no quería serlo.  Yo no quería ser una transexual.  Yo quería ser normal.  Yo quería ser como todo el resto de los hombres.  Yo lo quería desesperadamente.  Y estaba aterrada de que si le decía Mary-Lou que yo era una transexual, la perdería.  Y con esa pérdida, perdería lo único que hacía que mi vida valiera la pena.  Ahora, las noticias realmente terribles:  Había aprendido lo suficiente para saber que no había cura para la transexualidad.  Yo sabía que los transexuales tenían que cambiar de sexo.  Que no había otras opciones.

Pero yo tenía una esperanza.  Tenía la esperanza de que si yo podía esperar el tiempo suficiente, entonces esta necesidad, esta intensa necesidad  1) o bien desaparecería, o 2) se encontraría una cura.  Y si pudiera vivir como un hombre, aunque un hombre que se traviste, podría seguir siendo un hombre.  Si no para siempre, al menos yo podría ampliar ese tiempo en el que Mary-Lou y yo estábamos juntas.

¿Le dije nada de esto a Mary-Lou?  ¡Dios mío, no!  Realmente no estoy segura de si me vocalicé nada de esto a mí misma.  Sin embargo, tenía ese conocimiento y actué de manera consciente.  Así que de nuevo mentí.  Una vez más me mentí a mí misma. Una vez más mentí a Mary-Lou.  Una vez más mentí a la sociedad, a mis amigos y a mi familia.  Una vez más, y esto es muy importante, hice lo que creía correcto.  Actué según lo que creía que era mejor para todos los involucrados.  Hice lo único que sabía hacer, utilicé la única herramienta que yo sabía que iba a funcionar.  Yo simplemente mentí.

Ahora, el patrón no sólo aparecía, sino que se reforzó.  Durante los siguientes diez años comencé lentamente a morir. Llegué a un punto, en algún momento durante ese período, en que yo sabía que iba a morir por suicidio.  La cuestión no era si sucedería, ni cómo, sino cuándo.  Yo estaba ahora, no sólo luchando por mi matrimonio, estaba luchando por mi vida.  Sinceramente, creía que me mataría antes de admitir a nadie que yo era una transexual.  Y yo sabía que, dentro de mí, la necesidad de serlo iba en aumento.  Que inevitablemente tenía que enfrentar el suicidio, o bien convertirme en una mujer.  Así que mentí acerca de eso también.  ¿Por qué no?  Por entonces, ya me había olvidado de lo que era la honestidad.

Lo que reforzó este comportamiento fue que la mentira funcionó.  Yo todavía estaba viva, aunque agonizante; yo todavía estaba segura, aunque tomando riesgos cada vez mayores con mi travestismo, mientras la necesidad de travestirme aumentaba.  Yo todavía estaba casada, aunque el matrimonio se hundía.  Y yo, honestamente, no sabía qué otra cosa podía hacer.  No tenía amigos.  Yo sólo le había contado algo a Mary-Lou.  No tenía a nadie más para contárselo o con quien hablar.  Tenía fuentes muy limitadas de material muy anticuado.  Y todavía estaba confundida y aterrada por las opciones.  En lo más profundo de mí sabía que el suicidio era inevitable.  Y me estaba convirtiendo en una enferma mental.

 Verdad # 3

Mentimos para proteger la concha extremadamente frágil que nos mantiene vivos.  La mentira es nuestra única defensa contra lo que sentimos que es una muerte segura.

Desde aquí, mi historia ha sido contada muchas veces.  Me convertí en una enferma mental grave, diagnosticada de ansiedad severa crónica.  Me dijeron que mi esperanza de vida antes de suicidarme sería de unos 30 días.  Dicho por mi psiquiatra, una vez que yo me había estabilizado.  Me enteré de que la salvación sólo podría ser por decir la verdad.  Pero también aprendí que decir la verdad también tiene su peaje.  Mis padres todavía no aceptan mi verdad, sino que prefieren que vuelva a vivir con las mentiras.  He aprendido que el 97% de los matrimonios como el mío no sobreviven.  Que yo tenía razón cuando sentí que al contar toda la verdad, casi seguro que perdería mi matrimonio.  Tuve suerte, no lo hice.

He aprendido que decir la verdad tiene un costo enorme de energía emocional y espiritual, un peaje que pagaré durante el resto de mi vida.  Pero también aprendí que podía vivir con ese costo.  Aprendí que podía intentar llegar a ser una mujer, y que yo podía real y totalmente, disfrutar de la vida como una mujer.

Aprendí que coste terrible tiene la mentira sobre nosotros.  Aprendí cuanto es de malo mentir.

Pero todavía tengo preguntas.  Importantes preguntas.  ¿Debería haberles dicho a mis padres, a la edad de 14 años, que quería desesperadamente ser una chica?  ¿Debería habérselo dicho a mis amigos en la escuela secundaria?  ¿En la universidad?  ¿En la fábrica de acero?  ¿En esos lugares en los que parecer “masculino” es por supervivencia, no sólo para mí, sino para casi todos los hombres?  ¿Debería habérselo dicho a Mary-Lou, cuando la realidad era que realmente ni siquiera entendía lo que me estaba sucediendo a mí misma? ¿Debería habérselo dicho a Mary-Lou antes de que ella misma estuviera preparada para aceptar mi transición y el cambio?  ¿Debería haber terminado con las mentiras antes de que yo estuviera preparada para poner fin a esas mentiras?

La visión retrospectiva es mucho mejor que la previsión.  Y como tantas y tantos, yo tengo una falta de previsión total.  ¿Pero, y en retrospectiva? Ahí soy malditamente buena.  ¿Quieres saber algo?  Me ha funcionado.  ¿Había otra forma de llegar a este lugar?  Sinceramente, no lo sé.

La mentira es una herramienta muy poderosa.  Pero las herramientas son de naturaleza dual.  Nos pueden ayudar, o pueden hacernos daño.  Piensa en el fuego, cocina la comida  y calienta nuestros hogares.  Sin embargo, el fuego puede destruir, quemar e incluso matar.  ¿Deberíamos prohibir el fuego, ya que puede matar?  ¿Porque va a matarnos? ¿O aprender a aceptar el fuego como una herramienta que necesitamos para sobrevivir?

 Verdad # 4

La mentira es la única herramienta que permite a las personas transexuales llegar al punto donde finalmente puede tomar el control de sus vidas.  Pero a lo largo de ese camino, inevitablemente harán daño a los demás con las mismas mentiras que han salvado sus vidas.  Y esta es quizá la verdad más horrible de la transexualidad.

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