Graves problemas de visión.

Cuando todavía esperaba a que mi psicóloga, Trinidad Bergero, decidiese si soy o no transexual (los médicos llaman a eso “diagnóstico”), conocí a un hombre transexual que había hecho su transición hacía quince años. Un día, tomando café con él y con otra amiga, me dijo una cosa que en aquel momento no pude entender, y que sólo ahora, tres años más tarde, he comprendido.

Me dijo que cuando uno empieza su proceso, tiene mucha prisa, y quiere que todo sea “ya”. En ese momento eres para todos “Juana” (recordemos que éramos dos chicos transexuales los que hablábamos). “Juana, Juana, Juana…”, pero a ti te da igual, porque tienes energía para saltarte cualquier barrera que te pongan por delante. Tú quieres ser Juan, y quieres serlo cuanto antes. Así que por fin empiezas a hormonarte y piensas “vale, ahora ya todos me dirán Juan”. Pero no. Sigues siendo “Juana, Juana, Juana…”. Te operas, y lo mismo… Ahí es cuando la gente que tenía tanta prisa se lleva el chasco, porque, de repente, ya no saben qué más hacer, y ya no les queda energía para seguir haciendo más cosas. Si no es suficiente cambiar el cuerpo para que los demás reconozcan tu identidad ¿entonces qué lo es? Según aquel hombre, si vas más despacio al principio, tienes tiempo para darte cuenta de los problemas que vendrán, y de pensar cómo sobrellevarlos. Él decía que había que ir con calma.

En aquel momento no lo entendí, porque esa historia no era para mí. Yo lo quería todo ya… porque lo tenía todo ya, menos el diagnóstico. Yo era Pablo ante todas las personas que me importaban (la foto que acompaña este artículo es mía, de esa época), y el resto… daba igual.

Lo cierto es que esperaba que los demás se diesen cuenta de que era un hombre cuando empezase a hormonarme. Sin embargo, a día de hoy, después de dos años, dos meses y un día de hormonación, y de haber salido en la tele diciendo que soy transexual, todavía hay gente que me dice “guapa”, “niña”, y “reina”. Aunque llevo barba.

La única conclusión posible es que hay gente que tiene graves problemas de visión.

“Se lo contaré cuando tenga el diagnóstico”

Cuando una persona transexual se reconoce a si misma como tal, suele tener dos preocupaciones fundamentales: cómo iniciar los tratamientos médicos, y cómo decirlo a la familia y los amigos. Muchas deciden esperar a tener el diagnóstico del psicólogo o psiquiatra y empezar a tomar las hormonas, antes de contar nada. El motivo es lógico: quieren esperar a tener cuerpo de mujer para decir que son mujeres, pues temen que de lo contrario, nadie las reconocerá como tales.

La realidad es que, con frecuencia, somos nosotrxs mismxs quienes no nos reconocemos como hombres o como mujeres. Si pensamos que el cuerpo es el que construye la identidad, es lógico pensar que sólo teniendo cuerpo de mujer lograrás que se te reconozca como mujer.

“Soy una mujer encerrada en un cuerpo de hombre”. “He nacido en un cuerpo que no me corresponde”. El cuerpo se convierte en una verdadera cárcel que impide que nuestro auténtico yo se haga realidad. Nos impide vivir en nuestro verdadero sexo. “Cuando tenga cuerpo de mujer, seré una verdadera mujer”.

¿Y si no fuese así?

Pero… ¿Es esto necesariamente cierto? Yo creo que es justamente del revés: es la identidad la que construye el cuerpo. Yo puedo decir “si soy un hombre, y tengo cuerpo, necesariamente mi cuerpo es de hombre”. Toda mujer tiene necesariamente un cuerpo de mujer, y las mujeres transexuales no son una excepción.

Los hombres y las mujeres “no transexuales” construyen su cuerpo, también con cirugías. Un hombre con ginecomastia tiene la posibilidad de someterse a una mastectomía. Una mujer puede colocarse implantes de pechos y de gluteos. Hacen ejercicio y dietas. Muchos hombres se inyectan testosterona para tener un aspecto más masculino, y muchos se someten a operaciones para modificar sus penes. Algunos ni siquiera tienen pene. Casi todas las mujeres toman hormonas femeninas, e incluso antiandrógenos, para controlar el desarrollo de sus cuerpos y evitar que su cuerpo se masculinice por el efecto de las hormonas que ellas producen de manera natural. Las toman para evitar que les salga barba y vello en el cuerpo, por ejemplo. Algunas ni siquiera tienen vagina.

No os estoy diciendo que os lancéis a salir del armario de cualquier manera. En el momento de hablar a quienes están a tu alrededor sobre tu verdadera identidad, vas a descubrir cuales son las personas que merecen la pena y quienes no. Es duro porque descubres que querías a alguna gente que no te quiere a ti. Es bonito porque descubres que otros sí te quieren de verdad. Conviene hacerlo meditadamente.

Lo que quiero decir es que el diagnóstico médico, y el comienzo de la hormonación, no son un requisito indispensable para empezar a vivir como tú realmente eres. Quienes te apoyen, van a reconocer en ti a la mujer que eres, sin necesidad de que lo demuestres desde tu cuerpo. Quienes no te apoyen, no te interesan. No tienes por qué esperar a cambiar tu cuerpo para buscar su aprobación.

Pero si necesitas esperar al diagnóstico y las hormonas, espera. Si necesitas esperar a las cirugías, espera. Espera hasta que te sientas con fuerzas para empezar a contarlo. Cuando lo hagas, hazlo con orgullo.

 

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