Foto: Arthur Schneider

Para la mayoría de las personas que no son trans, la aparición en la vida cotidiana de una persona trans, haciendo cosas tan normales como ir a comprar el pan, coger el autobús, trabajar o estudiar, es una sorpresa inesperada ante la que no suelen saber cómo reaccionar.

Vivimos en una sociedad en la que lo trans está siempre representado de forma muy marginal. Las personas trans aparecemos únicamente en entornos que van dirigidos estrictamente a tratar de nuestra “especial” situación. Somos los protagonistas más llamativos de los reality shows, aparecemos en reportajes más o menos morbosos, o más o menos respetuosos y realistas, se nos hacen entrevistas en los periódicos hablando de la atención sanitaria que recibimos, o somos blanco de críticas como destinatarios inmerecidos de los recursos públicos, o como culpables de la destrucción de la familia en particular y la sociedad en general. Somos seres extraños y ajenos a una sociedad ordenada y bienpensante, y, en realidad, nadie cree que existamos de verdad. El habitat natural de las personas trans es la televisión.

Eso explica que cuando aparece una persona obviamente trans en un centro de enseñanza(o en cualquier otro lugar, pero hoy voy a hablar de la enseñanza), el personal que allí trabaja entre en estado de shock y empiece a hacer cosas absurdas, o, peor aún, a desplegar acciones repugnantes, de acoso y discriminación, que normalmente no realizarían, de ser plenamente conscientes de lo que están haciendo, pero que cuando se trata de nosotros, les parecen completamente justificables.

Cuando yo me matriculé en la UNED para estudiar Derecho, todavía faltaban dos años para que pudiese hacer el cambio del DNI. Así que solicité que la universidad me facilitase una identificación apropiada: carnet de estudiante con mi nombre, mi nombre como usuario del campus virtual, y poder escribir mi nombre en los exámenes. De hecho, ni siquiera necesitaba que apareciese como Pablo, sino que me habría conformado con que en los documentos apareciese la letra E., que era la inicial del nombre que aparecía en mi DNI por aquella época. Tengo que decir que el director de mi Centro Asociado, y el resto del personal de allí, me lo pusieron todo muy fácil desde el primer momento (en ocasiones incluso haciendo más cosas de las que yo me había atrevido a pedirles por miedo a molestar). Sin embargo, hay cosas que ellos no pueden hacer. En mi carnet de estudiante aparecía el otro nombre, y también en la biblioteca, y para todos mis compañeros del campus virtual, y para mis profesores yo era una chica, sin que pudiese hacer nada para remediarlo, excepto poner mi foto en el perfil. El peor momento era cuando, en los exámenes, tenía que escribir el otro nombre. Una humillación autoinflingida que tenía que aceptar si quería poder estudiar. Porque abandonar los estudios era la otra opción, claro.

Sin embargo, las cosas con los órganos “importantes” de la UNED no fueron tan fáciles. El ¿Defensor? Universitario me dijo que no era posible cambiar absolutamente nada porque todas las identificaciones se extraían de la misma fuente: el número del DNI. Es necesario utilizar el número del DNI, porque puede haber varios alumnos con el mismo nombre, y por eso, como se usa el número del DNI, no se podía cambiar el nombre. Curiosamente, cuando por fin conseguí cambiar el DNI, para la evaluación de septiembre de 2012, me recomendaron que siguiera con el nombre antiguo porque “total, no tiene mucha importancia”.

No soy el único estudiante trans “en tránsito” que tiene anécdotas por agradables que contar sobre sus estudios, ni tampoco pasa que estos incidentes se den sólo en la etapa universitaria. Desde aquella estudiante de la Universidad de Granada a la que su profesor llamaba “la sirenita” – la mujer con cola -, hasta la niña trans que todavía está en primaria y a la que su maestra le obliga a escribir en los exámenes ese nombre de varón que ya nadie usa, pero que no se le permite olvidar, pasando por la que hacía secundaria y su madre tuvo que estudiarse todas las leyes de educación de Andalucía para poder defenderla ante el claustro de profesores que se escandalizaba ante la petición de que la llamasen por el nombre que la niña sentía como suyo, los y las estudiantes trans nos presentamos en todos los formatos y colores.

Sin embargo, todos tenemos un denominador común: siempre somos “el primer caso que se presenta” (incluso en universidades como la UNED, o la UGR, por donde han pasado decenas de estudiantes trans “en tránsito”). Nuestro paso por las instituciones educativas resulta tan extraño, tan ajeno, tan antinatural… que somos borrados de su memoria, de modo que cada estudiante trans que solicita que se le reconozca su género, es siempre “el primer caso”, y cada estudiante trans debe recorrer nuevamente los pasos de su predecesor, en una lucha que la mayor parte de las veces es infructuosa y que, en muchas ocasiones, termina siendo una batalla perdida, en la que la persona trans decide que es mejor abandonar el ámbito estudiantil desde donde se le está haciendo ver, de manera clara y contundente, que no es su lugar.

¿Es tan difícil atender a las necesidades del alumnado trans “en tránsito”? ¿Qué tendría que hacer un miembro de la comunidad educativa para que una persona trans pueda sentirse cómoda en su lugar de estudios? Nuestras necesidades son muy sencillas:

–          Que se nos llame por nuestro nombre.

–          Que en nuestra documentación, aparezca nuestro nombre (¡En toda la documentación interna!)

–          Que podamos escribir nuestro nombre en los exámenes.

–          Que se nos permita utilizar los cuartos de baño que utilizan las personas de nuestro sexogénero (¡Las mujeres trans no son violadores en potencia que pretenden engañar a las pobres mujeres “auténticas” para atacarlas o invadir su intimidad!)

En definitiva, las cosas que se dan por sentadas como el mínimo para desenvolverse en la sociedad para cualquier persona. No es tanto pedir.

De todo esto hablaré el día 11, a las 16:00 en las jornadas sobre diversidad sexual: “Escuela heteronormativa, una mirada hacia lo queer”, que organiza la Federación Estatal de Enseñanza de CC.OO. en la escuela sindical Juan Muñiz Zapico, C/ Longares nº 6, de Madrid. Si quieres ir, la entrada es libre, y si después quieres acercarte, me gustará mucho conocerte y charlar contigo un rato.

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