Foto: John & Mel Kots

A finales del año pasado se iniciaron los trámites de la Ley Anti-homosexuales de Uganda, también conocida como “Kill the Gays Bill”. Esta ley, que considerará a muchas personas de los colectivos GLTB como delincuentes, estableciendo condenas que van desde largas penas de cárcel hasta la muerte, y que también incluirá a las personas con VIH, y a los amigos y familiares de personas GLTB que no los denuncien como “homosexuales conocidos”.

Aunque en España no parece haber preocupación alguna por la situción en Uganda, de la que se tiene un conocimiento muy escaso, activistas en todo el mundo están realizando campañas para evitar que esta ley llegue a aprobarse. Entre ellos, destaca la valiente carta de Cleo K. una mujer trans ugandesa, que escribió lo siguiente* (el texto a continuación es una traducción de la versión en inglés que fue publicada www.advocate.com).


Estimadas señorías:

Les saludo en todas sus distinguidas capacidades. Nunca jamás pensé, ni por un momento, que alguna vez tendría que escribir una carta al parlamento, que alguna vez gente como ustedes leería mis palabras. Sin embargo, me encuentro en un momento de mi vida, en el que el destino – si es que creen en él – ha puesto sobre mis hombros la tariea de hablar por aquell*s much*s que no tienen voz ahí fuera, que como yo misma, se encuentran en un momento en que su decisión determinará si podrán volver a respirar de nuevo en este país como ciudadan*s libres, o no. Así pues, rezo para que mis palabras no sean en vano, sino que apelen a la humanidad que yo se que descansa en el corazón de cada un* de ustedes.

Me hago llamar por el alias de Cleo. Soy una persona trans de 26 años. Con mi ambiciosa imagen pública y mi insaciable sed de conocimiento, he logrado verme superando la escuela para llegar a un nivel de post-graduado. Soy funcionaria pública, específicamente, científica e investigadora Soy una Cristiana Pentecostista, amo a Dios, aun con mis valores liberales y realistas, respeto los sentimientos de otras personas, aunque sean divergentes de los míos.

Yo nací biológicamente niño, de dos padres amantes. A pesar del amor y cuidados que me dieron, mi infancia estuvo teñida de miseria. Ser una persona trans, con mi atípico comportamiento, y un código de vestimenta que parecía colisionar terriblemente con los requisitos de género estereotípicos en mi sociedad, me enfrentaba a un gran rechazo de mis amigos tanto como de mi familia.

Mi familia y amigos han llegado a entender – con tiempo y mucha paciencia y esfuerzo– mi situación y no me juzgan. Hace unos meses, cuando tomé la monumental decisión de transicionar completamente hacia mujer, me mostraron muchísimo afecto y apoyo, especialmente psicológico. Para mí, considero que este es [uno de los] mayores éxitos de mi vida; que mi familia y amigos, a pesar de lo divergente de nuestros valores y sus sentimientos iniciales negativos, han logrado finalmetne, a través de un proceso muy escarpado– que debo decir, no fue sin heridas ni lágrimas – entender y aceptarme, como persona, como su criatura, como su amiga, como su colega. Porque esa es la esencia básica de lo que nos une.

Ser una persona transgénero no va sobre quien me atrae sexualmente. Va sobre con qué género me identifico. Ser una chica trans significa que nací biológicamente hombre, pero con la fisiología y psicología de una chica. En la pubertad experimente un desarrollo puberal masculino, pero grandemente femenino, que me dejó muy confusa y rechazada en todos mis círculos sociales, donde yo era la oveja negra. Mis padres no sabían si protegerme de los chicos o de las chicas, pero al final ocurrió que me llevaron a un internado de chicas a la edad de 15 años.

Crecer como persona trans significó que yo tenía que tratar con mis agobios adolescentes a solas, sin un alma con la que hablar – ni padres, o compañer*s, o colegas –  para revelarle mis más oscuros secretos. Llorar hasta dormirme cada noche, deseando estar muerta, o luchar con la depresión y las tendencias suicidas – esto es todo lo que recuerdo de mi vida adolescente.

Me pregunto entonces, por qué la gente dice que fue mi elección ser así. ¿Por qué iba a elegir alguien una vida tan solitaria como esta, una mida de misera, dolor, rechazo, abusos y depresión? Y a pesar de ello lo hice, much*s no lo hicieron, porque su autoestima, su confianza, y su vitalidad, les fallaron a la luz de todas las negatividades que les rodeaban. Es dificil el mundo repugnante y abusivo que que los medios de comunicación pintan sobre nosotr*s, porque si se está cometiendo algún abuso, es sobre nosotr*s.

Me pregunto a mí misma, como puede alguien juzgarme, incluso antes de conocerme. Entiendo esta forma de pensar, porque durante mucho tiempo la gente me ha odiado antes siquiera de conocerme.

Ser trans, como ser gay o lesbiana, no es una elección. Lo que sí es una elección es aceptarlo como un hecho. Lo que es una elección es si tú – en algún momento de tu vida – decides no vivir una vida enmascarada, bajo el aspecto de una persona hetero, o asexual, como yo hice, y alienarte de todo lo que tú sabes que eres desde el fondo de tu ser.

Es muy duro vivir tu vida a través de los ojos de otras personas, tratando con todas tus fuerzas de hacerles felices mientras tu te alienas a ti mism* de quien eres, o incluso demonizas tu verdadero ser a causa de sus negatividades. Es una realidad extraña que sólo puedo comparar con la soledad en una multitud, porque aunque hubiese mucha gente a mi alrededor, ninguno de ell*s me conocía como yo era – puesto que yo ocultaba deliberadamente una parte de mí que consideraba un defecto de mi ser.

Sin embargo, en algún momento, me di cuenta, como casi todo el mundo hace en esta vida, de que yo no podía vivir por completo en la percepción que las otras personas tenían de quien yo era, batallando por hacer felices a los demás a costa de mi propia vida. Porque todos nosotr*s tenemos una sola vida para vivir. Llegué a darme cuenta de que solo yo sabía bien quien era yo, y de que tenía la rara oportunidad de dejar que la gente supiera quien era yo, y de no permitirles que ell*s me dijesen quien era yo. Había sido una triste existencia de existir, pero sin vivir, de vivir una mentira, tratando de convencerme a mí misma – y en última instancia a otros – qué era yo, qué no era yo, y estaba determinada a terminar ese ciclo.

Como persona trans, imagino una utopía de neutralidad de género, donde todos los géneros en todas sus partes puedan coexistir juntos, y vivir en completa armonía y muto respeto los unos de los otros. Así pues, si no aceptar, deberían tolerarse un*s a otr*s, tal y como nosotr*s hemos intentado hacer como gente de diferentes tribus, colores, religiones, sistemas de valores y razas; es la medida de nuestra madurez como civilización.

Así pues creo que, con la misma consideración que todas las otras diversidades – raciales, tribales, religiosas, sexuales y también de género – en lugar de ser ciminalizad*s y demonizad*s, deberíamos ser celebrad*s y empoderad*s, de modo que en lugar de condenar a un sector de algunas personas al ostracismo social todos esos recursos humanos de los que se jacta Uganda of puedan ser completamente empleados.

No nos condenemos a nosotros mism*s, de manera que cuando la gente del futuro mire atrás hacia nosotros, tal y como nosotros hacemos hacia nuestr*s ancestr*s, y exclamamos cuan inhuman*s y egoistas eran al segregar la existencia de unas pocas personas por su color y raza. La diversidad de género y la orientación sexual no son premisas para crucificar a alguien, sólo porque no estás de acuerdo con como se viste, como actúa, o con quien duerme.

¿Qué, entonces, me pregunto a mí misma, estamos enseñando a las generaciones futuras? ¿Moralidad incluso a expensas de la vida? ¿Moralidad a los ojos de unas pocas personas auto-honestas? Que no todas las personas son iguales, si son diferentes? ¿Que está bien ser egoista?

Pero ser trans – a parte de mi identidad de género – no define holísticamente quien soy.

Como personas, como facetas de una gema, somos complejos en nuestras ambiciones y aspiraciones. Somos únicos en nuestras personalidades, talentos y sistema de valores. Son esas cosas en su conjunto, pero ninguna de acuerdo con las otras, lo que nos define. El reduccionista paradigma binario de mirar la vida como blanco o negro – en lugar de como un continuo de diferentes tonos– falla para abordar los asuntos de la vida tal y como es. Sólo soy diferente porque soy trans, pero a parte de eso, soy humana, con sangre roja circulando por mis venas exactamente igual que tú. Lloro y río como tú, pero no puedo ser reducida y etiquetada como tras, como un objeto en las estanterías de un supermercado, porque eso no es lo que yo soy. Soy una persona, soy más que eso.

Ser trans y haber sido rechazada la mayor parte de mi vida me ha enseñado serenidad en la tormenta. Me ha enseñado perseverancia, incluso cuando la tormenta gime. Me ha enseñado a respetar a las otras personas a pesar de sus diferencias, y me ha enseñado a ser paciente. Me ha enseñado que la vida no va sobre ser perfecta, porque en nuestros defectos, en todas nuestras inseguridades, y en nuestras inadecuaciones, tod*s nosotr*s tenemos algo que poner en la mesa. Y que somos medios, como human*s, para brillar junt*s, pero no en soledad. Y que debemos ayudar a nuestros hermanos y hermanas a brillar, en lugar de pisotearl*s. A existir y vivir junt*s, para esto es para lo que la humanidad fue diseñada. Puesto que ningún hombre o mujer es una isla. Puesto que sol*s nos quemamos, y fallamos, pero junt*s florecemos.

Finalmente, no debemos olvidar la última llamada y obligación. Puesto que por virtud de nuestra humanidad, debemos amar a l*s demás como nos amamos a nosotr*s mism*s, y tratarl*s con la misma delicadeza y sensibilidad que deseamos que se nos corresponda.

Así pues ruego que en sus deliberaciones, por el poder que se les ha conferido, no olviden nuestras preocupaciones – como human*s, como Ugandan*s, como vuestr*s hermanos, hermanas, madres y padres.

Con respeto,

Cleo. K.