Hace unos meses, mi amiga Jessica viajó a Thailandia. Al regresar, compartió la siguiente reflexión en Facebook:

Con esto, ni pretendo ofender, ni cuestionar la lucha, ni los logros de mis compañeras, a las cuales aprecio y admiro,  que han conseguido que tengamos “unos derechos” y un D.N.I. acorde a como nos sentimos y a quienes somos, si no decir que eso, en el fondo de la sociedad , no sirve para nada , sino se consigue educar desde niños a todos y que nos vean como personas y no como simples “maricones” o como inferiores.

Hay algo que se llama RESPETO, que he podido sentir en mis carnes, durante 15 días en Thailandia, un país donde se nos considera tercer sexo, y que yo misma había criticado, de lo cuál me arrepiento públicamente, y delante de todas vosotras, por un simple motivo: una “Kathoey” es de un “supuesto” tercer sexo, pero es mujer, y es admirada y respetada como tal. Esto en mayúsculas, en cualquier lugar, por remoto que este sea y sea cuál sea el nivel cultural de la persona que te trata o te ve. Aquí, por el contrario y por muchos derechos y dnis que tengamos, ni lo tenemos, ni lo conseguiremos en muchos años. Yo dudo mucho que lo pueda ver.

Yo me he llegado a emocionar y lloro al recordar esos momentos en que me llegaron a invitar a comer a su casa, una señora, o, simplemente, se ofrecieron a llevarme en moto por si estaba perdida y acercarme a donde iba. Un hecho que me emociona especialmente, es una mujer diciéndole al niño de 1 año (más o menos) “saluda a la kathoey”, con un respeto que me hace saltar las lágrimas solo de recordar, cuando aquí en mi tierra lo más que he conseguido han sido burlas.

En el terreno oficial, durante mi estancia en el hospital tuve que utilizar mi DNI y al llenar la ficha me encontré “Sexo: HOMBRE, MUJER, LGTB”. Sorprendida, tuve que pensar qué poner, dado que mi DNI es de varón, y estoy obligada a poner sexo hombre, al menos aquí. No os digo lo que puse, solo que enseguida me empezaron a tratar en femenino (desde las enfermeras a los médicos) y me preguntaron mi nombre ¿Cuál creéis que marqué? Aquí os lo dejo, un beso a tod@s, pensad en ello.

Esta reflexión de Jessica me emocionó a mí también, y en seguida le pedí permiso para hacerle una entrevista que colgar en este blog, en parte porque lo que se escribe en Facebook se pierde (pero cuando son cosas “inconvenientes” vuelven a salir a  la luz en el peor momento), y en parte porque quería compartirlo con quienes me leéis por aquí.

Pasó un poco de tiempo hasta que conseguimos coincidir en el chat de Facebook (principalmente, porque yo paso poco tiempo por allí), y cuan do por fin la encontré, le presenté las preguntas que yo había preparado. Sin embargo, estaban mal enfocadas, y no lograba llegar a donde yo quería, que era la experiencia que ella había relatado en aquel texto.

“Si quieres te lo busco”, se ofreció Jessica, y ahí que nos pusimos los dos, cada uno por su lado, a buscar el texto que, efectivamente estaba perdido bajo tres meses de actualizaciones de estados. Cuando por fin lo localizamos, el chat se quedó un rato en silencio. Parecía que ella se había marchado. Pensé que tal vez se habría aburrido de una entrevista mal planteada, que no llevaba a ninguna parte, o quizá había llegado alguna visita inesperada a casa… Un rato después me dijo “estoy llorando como una tonta…”

“Soy mu sensible”, prosiguió, “y al releerlo me he acordado del sentimiento de estar en un pueblo agrícola, donde ni te entienden. En ese momento estaba paseando sola ya que mi amiga, que sí habla thai, me dijo que sería una gran experiencia para mi pasear sola por el pueblo, como así fue. Al recordar esos detalles… me sentí respetada como persona, sin mirar más allá de mi condición. Era una “kathoey” rubia, algo que, aunque suene raro, para ellos es exótico y el que la señora me hiciera acercar y le fuera diciendo al bebe que saludara a la kathoey, me sigue poniendo los pelos de punta. Creo que la emoción que sentí es algo que me pasa a mí y a cualquiera… Bueno a mi amiga no, ya que ella está acostumbradísima a eso.”

“Es que en comparación con la violencia que hay aquí, debe ser increíble, porque aquí, si tienes suerte, la gente se queda mirando como un pasmarote, y si no tienes suerte, te insultan o hasta te pueden golpear…”, comenté yo, no sin cierta envidia ¡Ojalá pudiese ir yo también allí, y ver aquello con mis propios ojos!

“Es como comparar la tierra con marte. Aquí se te quedan mirando y comentan y hasta hacen burlas, la violencia ha disminuido bastante, al menos en Barcelona, toquemos madera.” Explicó Jessica.

“Aún así, a mí me parece que esas miradas y esos comentarios, ya son violencia… Yo lo vivo como violencia. A mí los desconocidos ya no me miran, porque soy completamente pasable, pero mucha gente que me conoce de antes, me sigue tratando en femenino, y eso también es violencia”. Habría podido mencionar que también es violento cuando la gente hace chistes de transexuales delante de mí (¡Y yo me defiendo!), cuando no puedo acceder a ciertos espacios que están diseñados en la presunción de que todo el mundo es cisexual y heterosexual, pero… eso habría sido estúpido por mi parte. La violencia y la persecución que sufrimos los hombres trans es tan sólo una mínima expresión de la que sufren las mujeres trans, y la violencia que sufrimos las personas trans “pasables” es insignificante comparada con la agresión prácticamente constante que padecen las personar trans “no pasables”.

“Yo también lo veo como violencia”, respondió Jessica “pero ya estamos tan acostumbrados que solemos ignorarlo bastante. Tú tienes mucha suerte, yo no soy pasable, al menos eso creo yo y me miran mucho…”

Viajar de Europa a Tahilandia para una mujer trans puede suponer viajar de la violencia al respeto. Porque lo importante no es cuantos sexos haya, o que todos llevemos la misma etiqueta, sino que el respeto y la consideración sean los mismos para cualquier persona…

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