Lo primero que me llamó la atención del documental fue el título: “sexo sentido”. Un nombre que, incluyendo la palabra “sexo” no me evoca, sin embargo, oscuridad o morbo, sino un sentimiento personal e intenso de introspección. Me recuerda al “sexto sentido” que quizá sea necesario tener para darse cuenta de que nuestra identidad sexual no es la que otras personas nos asignaron al nacer, sino otra distinta que no nos queda más remedio que determinar por nosotros mismos. También me lleva al terreno del sentimiento, más allá de la vivencia puramente fijada en lo corporal, pero al mismo sin alejarse de ellos, pues también son nuestros sentidos los que nos hacen percibir y relacionarnos con el sexo, y cómo este e incribe en nuestros cuerpos.

Desde hace tres años, lxs niñxs trans han comenzado ha sentirse con la seguridad suficiente para decirles a sus padres que se han equivocado al asignarles el sexo, y los padres han comenzado a sentir que la respuesta adecuada no era volverles la cara de un guantazo, o ponerse a llorar y reprocharles “¿Por qué me haces esto?”,  “¿Por qué eres tan malo conmigo?”, “Cada uno se conforma con lo que tiene”, o “qué tontería”. Como consecuencia, estamos asistiendo a una auténtica avalancha de menores de edad trans, sobre quienes la sociedad genera unos problemas distintos y de mayor intensidad que en el caso de los adultos, y que, además, no pueden librar por si mismos la batalla necesaria.

El documental “Sexo sentido” es una mirada amable y tierna a las familias con niños y niñas trans, al proceso de autorreconocimiento de la identidad de los propios niños, y al proceso de reconocimiento de los padres, mucho más complicado. Tiernísimo y muy sensible, a este documental sólo se le puede poner una pega: se pierde el foco de la historia principal a causa de los médicos que intervienen en él. Así, a lo largo de todo el metraje, el discurso de las familias, de los propios niños y niñas cuando tienen edad para ello, o de los jóvenes que ya son adultos, va entretejido con declaraciones y aclaraciones por parte de los médicos, explicando qué es la transexualidad.

Como en la mayoría de los documentales de divulgación sobre transexualidad, realizados para el gran público, se ha pretendido que las declaraciones de los médicos fuesen las puntadas que unían una pieza hecha con distintos retales de historias, pero, por primera vez, estas puntadas se mueven, están torcidas, y fuera de lugar, porque mientras que hasta ahora los documentales seguían el patrón del “proceso” diseñado por la medicina (los protagonistas se referían a si mismos en términos médicos y patologizantes, con absoluta sumisión a la imposición médica), por primera vez el patrón es otro. Ahora el patrón es la rebeldía, y la lucha de las familias por la autonomía de las familias y los menores trans. Y de esta forma, las historias de los protagonistas del documental están cortadas siguiendo un diseño de empoderamiento y lucha, y están cosidas bajo un diseño médico paternalista y patologizante, que parte de que el reconocimiento de las identidades trans debe ser previamente autorizado por la ciencia médica.

O, lo que es lo mismo, por primera vez las opiniones de los padres se oponen abierta y frontalmente a las de los médicos, a pesar de que el montaje del documental soslaya habilmente el conflicto. Así, una madre gitana dice “la psicóloga nos dijo que eso podía ser algo pasajero, que por ahora no se podía hacer nada, y que en mi casa podía hacer todo lo que quisiera, pero que en la calle tenía que ser un niño, y se tenía que llamar Uriel”, y a reglón seguido nos aparece la imagen de la psiquiatra explicando que la transexualidad es “malestar” y “incongruencia”, y que “los signos” de la transexualidad en una edad temprana. Una psiquiatra, con bata blanca, para que se vea que es médica y quede claro que estamos en su territorio (el del trastorno mental) en el que sólo quienes llevan la bata blanca pueden opinar (de hecho el único motivo para que un profesional cuyo trabajo no implica posibilidad de mancharse la ropa lleve bata debe ser exclusivamente ese: dotarle de un símbolo de autoridad).

Por suerte, los padres decidieron no hacer caso a la psicóloga, y la historia sigue adelante explicándonos como el padre, un señor gitano, enseña a su hija que no está haciendo nada malo, maquillándose él y saliendo así a la calle, pero en muchas ocasiones el criterio de la psicóloga habrá prevalecido sobre las peticiones de los niños. Sin embargo en el desarrollo de este documental el conflicto entre el derecho al libre desarrollo de la personalidad de la niña, y el intento de la psicóloga de la UTIG para que esta niña no pudiese acceder a este derecho (Juana Martínez, concretamente, aunque en el documental no se diga), queda silenciado. Se hace visible el enfrentamiento valiente de esta familia a la presión social, y a la ordenanza gitana, pero el enfrentamiento, igualmente valiente, a la imposición médica, es invisible y pasa desapercibido.

El conflicto autonomía personal – autorización médica aparece repetido en varios puntos del documental, esquivado siempre con gran habilidad. Si no hubiésemos sabido que estaba ahí, ni lo habríamos visto. “Lo que te dicen es un poco que los escondas”, explica Natalia, que nos habla de las barreras que se ha encontrado al solicitar el tratamiento con bloqueadores, y a continuación sale Ródenas, abogado y aliado de los médicos de la UTIG de Madrid, diciendo que todavía no hay normativa al respecto, y que “los protocolos que hay establecidos (supongo que están establecidos en la imaginación de Ródenas, ya que en la UTIG de Madrid no hay protocolos, como demostró Ángela Gutiérrez y yo publiqué en una entrada de mi blog personal) no permiten la aplicación de bloqueadores“. Declaración que, por una parte, choca con la primera afirmación “no hay normativa al respecto” (o la hay, o no la hay, pero no me digas primero que no hay normativa y luego que no está permitido) y por otra parte me hace pensar que este señor no sabe que los protocolos médicos no son normas, sino guías de actuación que los médicos deben adaptar a cada paciente, y por tanto, si existieran, no podrían prohibir nada. También parece que el Sr. Ródenas ignora que para acceder a la rectificación registral de sexo no es necesario presentar un documento de haberse sometido a tratamiento médico durante dos años (como explico en mi caja de herramientas imprescindibles si eres trans, que puedes obtener dándote de alta a mi lista de correo). A mí todo esto me hace plantearme si a este señor le dieron el título de abogado en la tómbola, y el puesto de trabajo a dedo, ya que está claro que no tiene ni idea de lo que está diciendo. Esto en el documental, ni lo dicen, ni lo pueden decir, ya que ahora criticar a un empleado público es delito en España, pero en Escocia, donde yo vivo, no lo es, así que puedo hablar.

La doctora, por su parte, explica que no hay información suficiente de cómo afecta el tratamiento hormonal con bloqueadores en menores de edad, cosa que obviamente también es falsa: no se ponen a la venta medicamentos que no se sabe qué efectos van a tener sobre los seres humanos. Los bloqueadores para la pubertad están incluidos en la cartera básica del Servicio Nacional de Salud, y se aplican a todos los menores de edad que lo necesitan, excepto a los menores trans ¿A qué viene decir ahora que un medicamento comercializado y ofertado por la Seguridad Social no ofrece garantías? ¿Nos está tomando el pelo o se lo cree de verdad? ¿Será que a base de diferenciar entre “mujeres biológicas” y “mujeres transexuales”, esta señora ha llegado a pensar que las personas trans no somos biológicas sino que estamos hechas de poliestileno, y por eso no se sabe cómo nos van a afectar los medicamentos probados en seres humanos de verdad?

Así, la lucha de la familia de Benasque (Natalia, Martin, Martina y Patri, a quienes me ha dado mucha alegría poder poner cara después de meses intercambiando e-mails con Natalia), que lleva meses tratando de conseguir que algún médico prescriba un tratamiento de bloqueadores de la pubertad a Patri, queda oculta tras un encogimiento de hombros institucional, tras tres mentiras del tamaño de una sequoya, y a otra cosa, mariposa. Rapidito, no sea que alguien se de cuenta de que la cosa no cuadra.

Este documental pierde también la oportunidad de responder a uno de los puntos de conflicto a la hora de hablar sobre transexualidad en la infancia ¿Están empujando las familias de los menores “con un comportamiento de género diverso” a que se cambien de sexo para que se adapten mejor a lo que la sociedad espera de ellos? ¿Están forzando a cambiar de sexo a los hijos por el capricho de tener un niño o una niña? ¿Se trata, en fin, de una decisión que los padres imponen a sus hijos, aprovechando que estos todavía no tienen capacidad de discernir y decidir por si mismos?

Desde los sectores conservadores se rechaza la idea de que un niño o niña pueda decidir por si mismo que su identidad de género no se corresponde con la asignada al nacer, sino que alguien (los padres, o la educación por la ciudadanía, o vaya usted a saber) les ha metido la idea en la cabeza, y sus progenitores, llevados por una locura de modernidad, alientan esa fantasía equivocada. Desde los sectores progres-feministas se rechaza también la idea de que sean los menores trans quienes hayan elegido desarrollar una identidad de género distinta de la asignada al nacer, sosteniendo que es la sociedad la que empuja a las niñas masculinas y a los niños femeninos a integrarse en el otro sexo para normalizarlos a la mayor velocidad, y los padres, o bien consienten porque son demasiado imbéciles para darse cuenta de lo que pasa, o bien son promotores y cómplices de ese mecanimos de represión.

Sin embargo, el documental no parece conocer la existencia de este debate, y por eso no le da importancia a los momentos en los que las diversas familias cuentan cómo se sentaron a hablar con sus hijos y les preguntaron “¿Es esto lo que quieres?”, y los niños dijeron que sí, a pesar de que seguro que eso no era lo que a sus padres les habría gustado oír, porque en principio nadie querría tener un hijo trans, aunque luego cambien de idea como hace Martin y digan “sí estoy contento de tener un hijo transexual”.

Pero, más allá de esto (y no es poco), mi valoración de este documental es muy positiva, ya que por primera vez se puede apreciar como las valoraciones y las opiniones de los médicos (a los que se les ha concedido mucho menos tiempo de lo habitual) presentan un profundo trastorno de disforia de realidad: una discordancia entre lo que los médicos dicen, y lo que realmente ocurre en la realidad de las personas trans y sus familias. Una discordanicia que está produciendo un grave sufrimiento en los trabajadores sanitarios que dan tratamientos a las personas trans, que se resisten a aceptar que las cosas son como son, y no como a ellos les gustaría que fueran, y en las personas trans que solicitan sus servicios, que no están recibiendo una atención sanitaria adecuada a sus necesidades de salud, sino adecuada a las necesidades imaginarias establecidas por los médicos.

No se trata de un documental activista, que venga a responder a las grandes cuestiones que actualmente se encuentran sobre la mesa en el debate respecto a la transexualidad en menores de edad, sino una obra de divulgación. Presenta una imagen emocionante de la vivencia de la transexualidad en la infancia, en la familia, en un ambiente de amor y cariño, cada vez más alejada de la violencia que hemos tenido que vivir las personas trans que ahora somos adultos. Me parece muy bonito el relato de los padres sobre la manera en que cada niño y niña se reconoce a si mismo o misma a través del juego. A pesar de que hay quien ha criticado las referencias sobre comportamientos de género (pintarse, ponerse vestidos, hacer deportes) como una imposición que se hace a los niños como condición al reconocimiento externo de su género, a mí me parece que es una bella muestra de cómo los pequeños empiezan a tomar decisiones de manera compleja y autónoma, basándose en la información que tienen de su alrededor. Si me gusta hacer cosas de niña ¿No será que soy una niña y mis papás se han equivocado?

El acceso a los tratamientos médicos, como en la mayoría de los documentales sobre transexualidad, sigue siendo una cuestión central, pero ya no se presenta desde la perspectiva de “soy transexual porque recibo tratamiento”, sino que se contemplan desde la perspectiva de que son soluciones a problemas que se presentan exclusivamente a cada uno de los niños y niñas del documental. Lejos de las generalizaciones de “los transexuales necesitan”, nos vamos a un relato en singular “mi hijo necesita”, “yo necesito”, y la pregunta que queda en el aire ¿Por qué no lo está recibiendo? ¿Cuanto sufrimiento sin razón deberá soportar? El acceso al reconocimiento de la identidad de género en todas las areas de la vida, ni se cuestiona, ni se condiciona a la autorización y sometimiento a tratamientos médicos, sino que se da por hecho de que se debe realizar.

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