La mayoría de las personas transexuales, travestis, y trans* en general conocemos bien la soledad. O las soledades, porque hay muchos tipos de soledad, y cada una tiene una cara distinta.

La soledad en el armario.

Hay dos momentos en las que una persona trans está en el armario. Cuando no le ha dicho nada a nadie, y se traviste en la soledad de su habitación, a espaldas del resto del mundo. Ni siquiera puede hablarlo con su familia. Con su pareja, si la tiene. O tal vez no se traviste, sino que en su cabeza imagina como podría ser su vida si fuese mujer, y tan sólo desearía poder irse a donde nadie le conociese, y salir a la calle con una falda y maquillada, y sentirse guapa y femenina. Tal vez que los hombres la mirasen, o tal vez, que la mirasen las mujeres…

El segundo armario está reservado para las personas transexuales “pasables”. Salieron del armario, le contaron a quien le tenían que contar que su sexo no era el que tod*s creían que era. Fueron al médico. Se hormonaron, se operaron. Quemaron todas sus fotos antiguas. Enterraron esa parte de su pasado y cambiaron de ciudad. Ahora viven como una mujer o un hombre cualquiera, es decir, como una mujer o un hombre no transexual, y tratan de olvidar que durante un tiempo sus vidas fueron diferentes. No pueden hablar de ello con nadie. Viven siempre con el miedo a “ser descubiert*s”, o a “que se sepa”. Como si, de algún modo, su identidad fuese una mentira que puede ser puesta en evidencia. Y están muy sol*s.

La soledad en compañía.

La proporción de personas trans con respecto a las que no lo son, es, en las sociedades occidentales, muy escasa (en otras sociedades donde no hay una represión tan fuerte de género, o la represión es distinta, esta proporción es mucho mayor). Eso significa que, salvo aquellas personas que viven en ciudades grandes (Madrid, Barcelona, Valencia), las personas trans pasamos la mayor parte del tiempo rodeadas que gente para la que somos poco menos que extraterrestres.

Por suerte, mi experiencia es que muchas personas que no son trans pueden comprender y empatizar perfectamente con las experiencias trans. No lo han vivido, no lo sienten en su piel, y saben que esa es una limitación para ponerse en nuestro lugar… ¡Porque tod*s tenemos esa limitación hacia l*s demás! Sin embargo, en ocasiones es difícil encontrar a estas personas. Muchas veces no forman parte de nuestro círculo cercano. A nuestra familia se le ponen los pelos de punta y palidece visiblemente si intentas hablarle de las cosas que te preocupan por ser trans. A veces puedes ver en su cara que les duele acordarse de que eres trans, o que te desprecian por ello. Puede que tus propios amigos creen una barrera infranqueable de educación y encogimientos de hombros para evitar la conversación.

A veces, la gente cree que tiene derecho a hacerte todo tipo de preguntas embarazosas sobre tu intimidad. ¿Te has operado? ¿No te has operado? ¿Por qué? O te dan consejos que nadie ha pedido sobre como vestirte, caminar, o hablar. “Si quieres ser una mujer tienes que…”. O, simplemente, la pregunta “¿quieres ser una mujer?” Como si nuestra identidad de género fuese un mero producto de nuestra voluntad, mientras que la suya es auténtica. Como si ell*s no quisiesen tener su propio género.

La soledad en la lucha.

En la vida de las personas trans hay muchos momentos en los que es necesario luchar. El momento de contarlo a la familia. Si necesitas tratamiento médico, el proceso para conseguirlo, con frecuencia es también una lucha contra los propios médicos, que se empeñan en ponerte barreras absurdas “por tu bien”, según dicen. Si quieres estudiar, tienes que pedir que te llamen por tu nombre y no siempre es fácil. Cualquier contacto con la administración es una pequeña tragedia. Recoger un paquete de correos, una heroicidad.

Muchos de los derechos que se consiguen sobre el papel, se pierden en las consultas de los médicos y en la práctica de las administraciones. Porque muchas personas trans creen que no tienen derecho ninguno. Un amigo mío lo dijo una vez “hay personas que no saben que son personas”. Y otras personas, que realmente no son personas, pues carecen de toda humanidad, se aprovechan de esta falta de conocimiento, e incluso la estimulan. Porque si todas estas personas que no saben que son personas lo supiesen, las otras que están por encima, ejerciendo un poder que no les corresponde, perderían su posición

La soledad en el prejuicio.

En una sociedad donde se nos inculca que ser GLTB es vergonzoso, donde se nos dice que quienes lo son, son gentuza, corrupta, viciosa, adicta al sexo, transmisores de enfermedades repugnantes, vagos, fiesteros, feos y deleznables en general, las personas trans tienden a pensar que son las únicas personas “normales” dentro de su grupo. No se atreven a relacionarse con otras personas trans, porque vaya usted a saber… ay, que peligro.

Esa es la mejor manera de evitar que las personas que no saben que son personas, lleguen a saberlo alguna vez. El prejuicio reina sobre todas las cosas en el mundo trans. Las personas trans están dispuestas a creer cualquier acusación que recaiga sobre otra persona trans. Están dispuestas a creer que Fulana o Mengana en realidad no es transexual, sino que tiene un fetichismo sexual obscruo y extraño. Que esta o aquella se hormona, pero no se siente mujer. Las transexuales tienen terribles prejuicios sobre las travestis, y son incapaces de comprender la increible belleza de poder sacar a la luz a otra persona que también eres tú, y vive dentro de tu persona. Para la muchas transexuales, las travestis son sólo “hombres que se visten de mujer para obtener placer sexual”. Para muchas travestis, las transexuales son “maricas que se les ha ido la olla y se creen mujeres, o que se han cambiado de sexo para follar más”. Se acusan mutuamente de hacer que el resto de la sociedad “se confunda” y las tome por lo que no son. Cuando son ellas mismas las que se confunden y toman a las demás por lo que no son.

Son los tiempos de internet, donde cualquiera puede conocer a cualquiera a través de la red. Sin embargo, much*s todavía continúan sol*s.

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