Octubre trans. Octubre de despatologización.

Despatologización. Una palabra impronunciable, que muchas personas trans hemos tenido que aprender a pronunciar. La despatologización es la acción de dejar de considerar algo como una enfermedad o patología. La despatologización de las identidades trans significa que aquellas personas con identidades trans dejemos de ser consideradas como enfermas mentales.

El diagnóstico, la velocidad, y el tocino.

Actualmente, tanto el travestismo como la transexualidad se incluyen, como enfermedades mentales, tanto en el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), como en el manual de la Organización Mundial de la Salud.

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Descritas de manera morbosa, prejuiciosa, deformada, y alejada de la realidad, dichos manuales dibujan un perfil de las personas trans que nos ha definido ante nosotr*s mism*s, y ante las personas que no son transexuales (en adelante, hablaré de cisexuales), o bien como unos hombres viciosos y pervertidos, que se entretienen poniéndose ropas de mujer en una carrera alocada para alcanzar una mayor (e insana) excitación sexual, en el caso de las travestis, o como hombres y mujeres delirantes que creen pertenecer al otro sexo, y cuya locura es tal que la única manera de calmarles es deformando y mutilando sus cuerpos hasta que se parezcan lo máximo posible a lo que su naturaleza les niega ser, en el caso de la transexualidad.

Se dibujan así un itinerario medicalizado para las personas transexuales, en el que el primer paso será siempre demostrar que no son travestis, ya que si son travestis su única salida para llegar a un estado de salud mental, será someterse a una terapia que les sirva para dejar de disfrutar de la inofensiva práctica de adquirir por unas horas apariencia femenina y poder explorar esa otra parte delicada y hermosa de su personalidad.

Esto provoca una fractura dentro de nuestra comunidad, escasa y diversa. Si las mujeres transexuales están socialmente estigmatizadas, las travestis son las estigmatizadas entre las estigmatizadas. Las travestis son, por desgracia, para muchas mujeres transexuales, aquellas imitaciones de mujer que se apropian indebidamente de su apariencia llevadas de un deseo sexual arrebatadoramente masculino y heterosexual. Las mujeres transexuales son, por desgracia, para muchas travestis, esas locas histéricas que no pueden conformarse con llevar una vida normal, sino que tienen que ir llamando siempre la atención.

Así nos va.

Mi amiga Ángela me comentaba el otro día que en la UTIG de Madrid, la primera visita se hace siempre con el endocrino, que será quien decida si puedes ir, o no, a la consulta del psiquiatra, para una evaluación psiquiátrica. Esto me sorprendió ¿Qué tiene que ver la endocrinología con la psiquiatría? ¿Qué es exactamente lo que capacita a un médico cuya especialidad son las hormonas a decidir que alguien necesita una evaluación psiquiátrica? Nada en absoluto. La misma lógica funciona también a la inversa. Generalmente son l*s psiquiatras y psicólog*s quienes nos envían a ver al endocrino, si deciden que somos transexuales ¿Qué parte del currículum de su especialidad les faculta para decidir quien tiene, y quien no tiene, necesidad de recibir hormonas? La relación existente entre la endocrinología y la psiquiatría es, probablemente, la misma que hay entre la velocidad y el tocino.

La paradoja de la enfermedad transexual.

La justificación de un diagnóstico psicológico y psiquiátrico antes de poder comenzar los tratamientos hormonales y quirúrgicos está en nuestra propia enfermedad. Como pacientes de una enfermedad mental, carecemos de la capacidad para poder decidir por nosotr*s mism*s lo que más nos conviene. Nuestra capacidad de discernir lo más conveniente ha de ser substituida, pues, por la capacidad de un piscólog* o psiquiatra.

Dice la ley, sin embargo, que una persona no puede ser incapacitada para tomar decisiones (incluso decisiones médicas) excepto por un juez, y en casos extraordinarios. No obstante la ley no alcanza, ni protege, los derechos de las personas trans. En realidad, para las personas trans, es del revés. A nosotras se nos incapacita sólo si estamos mentalmente sanas.

Me explico: para tener acceso a los tratamientos médicos, así como a las cirugías, una persona debe ser declarada enferma mental. En cambio, las personas que no son declaradas transexuales, no tienen acceso a estos tratamientos. No obstante, estas personas están mentalmente sanas y en pleno uso de sus facultades mentales, y por tanto saben lo que se hacen, lo que quieren y lo que dicen cuando manifiestan que desean someterse a un tratamiento hormonal ¿Por qué se permite el acceso a los tratamientos a las personas que están mentalmente enfermas, y se les niega a las personas que están en plenas facultades?
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Del mismo modo, aquellas personas que han sido declaradas incapaces por un juez, carecen de capacidad de realizar todas o sólo algunas acciones legales. Sin embargo, para poder cambiar tus datos en la partida de nacimiento y en el DNI, se requiere poder demostrar que padeces una enfermedad mental. Es decir, las personas transexuales debemos ser las únicas enfermas mentales que tenemos más capacidad para obrar que las personas que están en su sano juicio.

Todo esto demuestra que en realidad, nadie piensa que seamos enferm*s mentales, sino simples depravad*s. En función de que tu depravación sea más o menos aceptable, se te concederán ciertos beneficios, mientras que aquellas personas con desviaciones inaceptables quedarán condenadas a la marginación total. Llamarnos “enferm*s” no es más que un eufemismo, igual que fue un eufemismo en la época en que la homosexualidad también era considerada una enfermedad mental.

Las identidades trans no son enfermedades.

La transexualidad no es una enfermedad. No causa sufrimiento, no causa malestar. Las personas trans, simplemente somos personas con una identidad de género distinta de la que nos fue asignada al nacer. Sí, a la hora de asignar identidades de género a las criaturas recién nacidas, se suele acertar en la mayoría de los casos. Pero con nosotr*s fallaron, y eso no es una enfermedad. Es, simplemente, un hecho.

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Las personas trans sufrimos, pero no por ser trans, sino porque se nos impide serlo. Sufrimos cuando se nos ponen trabas para acceder a los tratamientos para sentirnos bien con nuestro propio cuerpo. Sufrimos cuando se nos dice que nuestros genitales nos convierten en imitaciones, o en hombres o mujeres de segunda clase, admitid*s por pena y sólo si aceptamos someternos a las exigencias de l*s expert*s. Sufrimos cuando no se nos permite identificarnos como deseamos que se nos identifique.

Sufrimos, en la infancia, cuando nuestros padres nos golpean y nos regañan por no jugar como debemos. Cuando nuestr*s compañer*s de clase se burlan porque no sabemos ser como ell*s. Cuando nuestras familias nos echan de casa para que escarmentemos y aceptemos la identidad que nos impusieron al nacer. Cuando se nos despide de nuestro trabajo y no podemos conseguir un medio de vida. Sin embargo, ninguna de estas cosas es responsabilidad nuestra, sino de quienes nos rodean. Son las personas que pretenden obligarnos a ser quienes no somos las que padecen una enfermdad (llámala transfobia, o llámala megalomanía). Ellas sí necesitan un diagnóstico psiquiátrico, y un itinerario para su curación. Nosotras no.

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