Durante mi adolescencia, envidiaba el cuerpo de los actores de cine, incluso de mis compañeros de clase. Unos cuerpos que les permitían hacer lo que querían: correr, levantar peso, ponerse ciertas prendas de ropa que a mí me estaban prohibidas, y que les daban la libertad que a mí no me correspondía.
Me habría gustado tener un cuerpo como el de ellos, o al menos, parecerme a alguna de las chicas guapas que iban con ellos. Sin embargo, en lugar de parecerme a Tom Cruise o a Brad Pitt, cada vez me parecía más a Montserrat Caballé, pero sin su maravillosa voz.
En mi historia, como en la de muchas personas trans, los intentos por dañar mi cuerpo tienen tanta relevancia que hasta se han ganado un capítulo propio. Generalmente, si eres trans, habrás pasado por alguna de estas cosas: obesidad mórbida, bulimia, anorexia, alcoholismo o adicción a alguna (o varias) drogas.
¿Pensabas que eras el único o la única que había pasado por ahí? Si has tenido suerte, habrás podido rectificar el rumbo a tiempo, y si no la has tenido, como es mi caso, las cosas habrán llegado hasta el punto en que aún después de resuelto el problema, las secuelas son imborrables.
Lo peor: los tratamientos médicos no lo solucionan. Las hormonas, las operaciones, pueden hacerte sentir mejor en tu propia piel, y pueden hacer que los desconocidos (con los conocidos estas cosas no funcionan) te traten de entrada como perteneciente al género al que perteneces en realidad, pero no van a servirte para volver a conectar con tu cuerpo. Créeme, lo he vivido.
Sin embargo, en realidad… ¿Hay alguien que realmente esté en contacto con su propio cuerpo?
En este momento, en el lugar preciso en que ud. se encuentra, hay una casa que lleva su nombre. Ud. Es su único propietario, pero hace mucho tiempo que ha perdido las llaves. Por eso permanece fuera y no conoce más que la fachada. No vive en ella. Esa casa, albergue de sus recuerdos más olvidados, más rechazados, es su cuerpo.” Así comienza el libro El cuerpo tiene sus razones: Autocura y antigimnasia (Vida y Salud), de la francesa Thérèse Bertherat. No es un libro sobre transexualidad, ni siquera sobre feminismo. Simplemente se trata de una persona que te recuerda que tienes un cuerpo.
Muchas veces pensamos en nuestros cuerpos como una cárcel, o un lugar equivocado. Algo que debemos romper, destruir, modificar… ¿No será más bien que estamos encerrados, pero fuera de nuestros cuerpos?
El cuerpo no se equivoca.
Desde el principio de nuestras vidas, las personas estamos sometidas a presión “Siéntate bien. No te muevas ¿Qué haces ahí parado? ¡Date prisa! ¡Pero donde vas tan deprisa! ¡No corras!”. Nosotros reaccionamos a todas estas órdenes, que en realidad no comprendemos muy bien, y nos vamos adaptando. Nuestro cuerpo deja de ser nuestro para pasar a ser un objeto público sobre el que los demás actúan.
El otro día, cuando iba por la calle, escuchaba a una adolescente hablar con sus amigas “y él me dijo que parece mentira que siendo más pequeña que yo, tenga más tetas”. La muchacha se lamentaba amargamente. El problema era su cuerpo. Su desarrollo mamario, al parecer, era insuficiente para el gusto de un chico de su edad, que la había reprendido duramente al respecto. Eso la hacía sufrir, pero no porque el otro chico fuese imbécil, sino porque el cuerpo de ella no era correcto.
Ella podría haber optado por decirle que ni sus tetas, ni las de la otra chica, eran asunto del muchacho, pero lo más probable es que empiece a buscar sujetadores con relleno, y ropas provocativas que restrinjan sus movimientos. Zapatos de tacón que comprimen los dedos de los pies (¿Sabías que tenemos 10 dedos en los pies? Cinco dedos en cada pie, y todos deberían extenderse rectos, estirados, frente a la planta del pie, no apilados unos sobre los otros).
Tu cuerpo eres tú.
En nuestra sociedad tenemos la costumbre de dividir todas las cosas en partes, y actuar como si esas partes fuesen cosas en si. Una de las principales divisiones es la del cuerpo y el alma. Es una división muy antigua. Los romanos ya decían “mente sana en un cuerpo sano”, y los griegos también afirmaban que era necesario prestar tanto cuidado al cuerpo como a la mente.
Pero el cristianismo llevó esa idea un poco más lejos. El cuerpo pasó a ser la envoltura terrenal de nuestra alma inmortal, una cáscara que nos mantenía atados a este “valle de lágrimas”, y lejos de los reinos celestiales.
Para el cristianismo, nuestro cuerpo no es nuestro: pertenece a Dios y debemos usarlo conforme a Sus designios divinos. Nuestro cuerpo es indisponible. No podemos modificarlo (los avances en el campo de la medicina se han ido ganando palmo a palmo tras una encarnizada lucha contra la Iglesia católica, que todavía no ha terminado), sino que debemos aceptarlo tal y como Dios nos lo ha entregado. Sin embargo, y paradójicamente, tampoco podemos cuidar de nuestro cuerpo, pues atender a sus pedidos es pecado. La lujuria y la gula son dos de los siete pecados capitales que jamás van a ser perdonados, pero Dios no debe ser muy buen jurista, puesto que ambos conceptos están indefinidos. El cuidado del cuerpo en si mismo puede considerarse soberbia (otro pecado capital) en cuanto que un cuerpo bien cuidado suele convertirse en un cuerpo bello.
Así que de repente “mente sana en un cuerpo sano” pasó a ser “alma piadosa encerrada en un cuerpo del que es mejor desprenderse cuanto antes, y al que hay que castigar constantemente, porque hay que disciplinarlo para que no nos conduzca al pecado, pero que al mismo tiempo no nos pertenece porque es un regalo de Dios” ¿Cómo combina la idea de que “la carne es débil” con “la naturaleza es perfecta”?
Sin embargo, en oriente, el cuerpo y el espíritu son sólo uno. El alma se reencarna una y otra vez porque no sabe hacer otra cosa, hasta que por fin deja de necesitarlo. Sin embargo, a partir de ese momento, deja de ser lo que era y alcanza un estado cercano a la divinidad. Un estado espiritual que ya no necesita la materia. Mientras tanto, el cuerpo es el material conductor por el que circula la energía del alma. Pretender separar uno de otro, es como separar la electricidad del cable. La electricidad, sin cable, se dispersa y deja de existir, y el cable se convierte en un objeto inánime que carece de utilidad.
En Asia se trabaja la mente trabajando el cuerpo. Se practica Yoga, Tai-chi, Chi-Qung, catas (perdón si lo he escrito mal) en las artes marciales, y mil formas más de meditación a través del cuerpo. En Europa vamos al gimnasio para trabajar el cuerpo, y al psicólogo para trabajar la mente, como si fuesen dos cosas que no tienen relación.
En mi opinión, los asiáticos tienen razón. Nuestro cuerpo somos nosotros. Para cuidarnos, lo tenemos que cuidar, y para querernos, lo tenemos que querer.
Conclusión.
La entrada de hoy no tiene conclusión. Cuando estaba en mi cabeza, sonaba mejor, más estructurada. Sin embargo, cuando me he puesto a escribirla, no me ha quedado muy bien.
Lo único que quiero decir es que últimamente me estoy esforzando en querer mi cuerpo, y me estoy dando cuenta de dos cosas: la primera es que las hormonas y las cirugías sí me han ayudado a estar más cómodo en mi propia piel, pero no me han servido para volver a tomar contacto con mi cuerpo.
Quisiera encontrar las llaves de mi casa, y casi no sé por donde empezar a buscar. Tal vez la conclusión es que si tú también te sientes así de perdido o de perdida, no estás solo. Varios millones de personas en todo el mundo, especialmente en occidente, estamos igual que tú.