Cuando tomamos una decisión de importante, estamos proyectándonos hacia el futuro. Nuestro yo de hoy está dando una orden que nuestro yo del futuro tendrá que obedecer. Esto es válido para cualquier otro aspecto de nuestra vida ¿Salgo o no salgo con esa persona que me atrae? ¿Me caso con mi pareja? ¿Tengo hijos? ¿Me mudo de casa? ¿Hice bien aceptando rechazando aquel trabajo? ¿Tal vez debería irme a vivir al extranjero? ¿Estudio una carrera? ¿Abandono los estudios que ya tengo empezados?

El problema es que no sabemos cuales serán las circunstancias de nuestro yo del futuro. No sabemos qué le gustará a nuestro yo del futuro, que le vendrá mejor. En un mundo que cada vez cambia más rápido ¿Cómo tener la seguridad de que hemos tomado la decisión acertada? ¿Cómo saber que nuestro yo del futuro no maldecirá a nuestro yo del presente y se arrepentirá de la decisión que el yo del presente ha tomado?

A menos que tengas una bola de cristal, no lo sabes. No lo puedes saber.

Eso no es lo peor. Lo peor es que no puedes dejar de decidir. La acción tiene consecuencias; la inacción, también ¿Estás 100% segurx de que debes no dar ese paso? ¿Tienes la seguridad completa de que quedarte como estás será bueno para tu yo del futuro? A veces parece que no hacer nada es mejor que hacer algo equivocado, sin embargo, no hacer las cosas también tiene un coste, el llamado coste de oportunidad. El coste de oportunidad, significa que cuando decides hacer una cosa, simultáneamente decides no hacer todas las demás. Cuando decides hacer nada, y dejar que todo siga igual, estás decidiendo no hacer todas las otras cosas que tal vez tu yo del futuro necesitará que hubieras hecho. Puede que en el futuro te arrepientas de no haberlas hecho.

Quedarte como estás no es más seguro que cambiar. Es más cómodo. Sin embargo, comodidad no es lo mismo que acierto. Puedes equivocarte tanto si decides actuar, como si decides no actuar.

Hay veces que la gente me ha dicho que soy valiente por haber actuado. Sin embargo, la valentía implica enfrentarse a algún riesgo que, de no ser valiente, no habrías afrontado, y en mi caso no fue así. Quedarme como estaba no era menos arriesgado que cambiar. Quedarme como estaba no aseguraba mi bienestar futuro (en realidad, teniendo en cuenta que antes de empezar mi transición no me sentía nada bien, quedarme como estaba únicamente aseguraba mi malestar futuro. La única duda era si ese malestar sería menor que el posible malestar que conllevasen mis acciones.)

Entonces ¿Nos quedamos en la cama durmiendo? ¿Renunciamos a la vida envueltos en una manta de placidez que nos aísle del dolor, pero también de la felicidad? Yo pasé un año en cama, a causa de una enfermedad. Dormía 12 horas al día. No se lo recomiendo a nadie… de hecho, desde entonces yo sólo duermo 6 ó 7 horas diarias. El primer año que recuperé la salud, sentía que necesitaba estar despierto para recuperar el tiempo perdido… y aunque dicen que el tiempo que se va, ya no vuelve, tengo la sensación de que yo sí lo recuperé. Eso daría para escribir mucho más.

Yo creo que mejor que quedarnos en casa durmiendo y renunciar a la vida por miedo a lo que nos pueda pasar si vivimos, es darnos cuenta de que las decisiones que tomamos hoy, no quedan escritas en piedra. De todas las cosas que puedas decidir, tal vez una sola es definitiva, y es la de poner en tu vida a otras criaturas vivas que dependan de ti (especialmente, si decides tener hijos, pero si también deberías pensártelo antes de tener un perro, o un gato). Las demás, no.

Si decides transitar hacia otro género y luego no te gusta lo que obtienes, puedes volver a transitar, hacia el género de antes, o hacia otro distinto. Si decides modificar tu cuerpo y no te gusta el resultado, es más difícil que lo puedas volver a recuperar, pero no imposible. En todo caso, empieza con modificaciones pequeñas, y luego te lo vas pensando. Los implantes de silicona en los pechos se pueden retirar (aunque tal vez quieras probar primero qué se siente, usando unos rellenos, y poco a poco vayas probando si te gustaría sentirte así siempre, los quieres sólo para un rato, o no te gusta para nada la sensación). Conocí a una persona que creía ser un hombre trans hasta que se compró una prótesis de paquete. Usarla le provocó tanta repulsión que decidió que no quería que nadie que le viese supusiera que tenía un pene, ni por un momento. A otras personas, en cambio, les reafirma en su decisión, y para otro grupo, en cambio, es indiferente. Existen también productos que imitan la vagina para quienes desean probar una identidad femenina…

No necesitas tener una seguridad del 100% para hacer pequeños cambios. Para decidir comprar unaprenda de ropa interior y ver cómo te sientes. Para confiar tus dudas (y, por qué no, también tus temores) a un oído amigo. Para elegir otro nombre, aunque sólo tú sepas qué nombre es. Para buscar a otras personas como tú. Si luego decides que no es lo que querías, siempre puedes empezar a hacer otra cosa. Volver a lo de antes, o tal vez continuar experimentando hasta que te encuentres.

Ni siquiera necesitas valor. Lo único que necesitas es tomar la decisión (y esta sí que debe ser una orden inamovible para tu yo del futuro) de que si en el futuro no te satisface lo que has decidido hoy, te perdonarás sin rencor ninguno, y en lugar de castigarte diciendo “¡Que tonto fui!”, sonreirás al mirar atrás y pensarás “¡Cuánto he aprendido en este viaje!”

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