Cuando Sarah pasó a ser Finn, sus padres comenzaron su propio viaje.

Fuente: Los Ángeles Times 

Autora: Ann Whitford Paul

Traducción: la.trans.tienda (Pablo Vergara)

Sarah, que fue mi hija, ahora es Finn, un miembro de la comunidad trans. Estas son unas palabras difíciles de escribir.

Quiero amar al hombre en que se ha convertido mi hija, pero mientras trataba de mantenerse a flote en el torrente de su cambio y mi resistencia a él, yo temía que nunca lograría cruzar mi río de rabia y pesar.

Video: living with a secret (viviendo con un secreto).

En la universidad anunció que era homosexual. Yo esperaba que su lesbianismo fuese una fase pasajera, pero en lugar de ello, Sarah comenzó a vestirse con ropas masculinas y a ocultar sus pechos con fajas. En su página de Facebook anunció que había cambiado su nombre por el de Finn.

Intentando apoyarla, yo la llamaba Sarah Finn.

Entonces, un día de diciembre, justo antes de que su padre y yo nos fuésemos de vacaciones, una carta manuscrita en papel rayado, arancado de un cuaderno, llegó a nuestro buzón.

“Quiero ser completamente honesto sobre quien soy y qué está pasando en mi vida”, escribió nuestra hija. “Fui a Florida, me quité los pechos, y ahora estoy tomando hormonas.” Decía que tenía miedo de que la rechazasemos, pero nos dijo que nuestra relación significaba mucho para ella.

Frenéticamente, intentamos localizarla por teléfono en Oregón, sin éxito. Mi marido habló de cancelar nuesro viaje y volar para visitarla. Tras tomarnos una semana para calmarnos, el insistió, y fue lo mejor.

Cuando regresamos, estabamos de acuerdo en que una conversacion telefónica no sería suficiente, y Finn prometió visitarnos en Los Ángeles después de año nuevo.

Mientras esperábamos, leí vorazmente. Yo sabía muy poco sobre temas de identidad de género. Cuando el viajero James Morris se hizo la cirugía de reasignación en 1972, convirtiéndose en Jan Morris, yo era una madre con dos bebés y no tenía ni tiempo, ni ganas, de saber más sobre el tema.

Ahora el tema estaba tocando a mi puerta. Empecé a leer experiencias de primera mano de gente como Jennifer Finney Boylan, que describió lo incómoda que se había sentido en su propia piel. Pero las historias solo aumentaban mi incomodidad. Era doloroso pensar que mi criatura, que yo pensaba que había sido feliz en general, en realidad había sido desdichada.

Todo padre sabe que la vida de sus criaturas no puede estar libre de estrés, pero los libros que yo estaba leyendo me mostraron lo mucho que ella debía haber sufrido a causa del secreto que ocultaba a sus amigos, hermanos y hermanas, y padres. ¿Cómo se sintió al ponerse un vestido para el baile? ¿Al ir a fiestas de pijamas? ¿Demasiado tiempo siendo quien no era?

Empecé a sentir más simpatía hacia ella, pero todavía luchaba con mis sentimientos. Un hijo o hija trans pone a los padres cara a cara con la muerte. La hija que yo había conocido y amado se había ido; un desconocido con vello facial y voz grave había ocupado su lugar.

Todo era doloroso. Ver una foto de Sarah disfrazada de directora de circo en la guardería hacía que se me saltasen las lágrimas. Me preguntaba si todo aquello se podría haber prevenido, y me descubría a mí misma ociosamente pensando cosas como: ¿si la hubiese dejado hacer kick-boxing, sería todavía Sarah?

Escribir, normalmente una comodidad, se convirtió en una lata. Mi mente, llena con la historia rápidamente cambiante de mi hija, no dejaba espacio para la ficción.

Finn dejó de venir a visitarnos hasta la primavera, así que empezamos a “hablar” por email.

“Vuestra tristeza es algo dificil de acarrear”, escribió Finn.

Yo respondí: “No esperarás que saltemos de alegría.”

“Creéis que soy una abominación de la naturaleza”, respondió Finn.

“No es que seas una abominación de la naturaleza, pero sí estoy preocupada por que tienes un grave problema.”

“Tengo amigos. Estoy en la lista de honor de la universidad. Hago ejercicio con regularidad, cocino, y me obligo a aprender ¿Crees que eso suena a alguien que tiene un grave problema?”

Tuve que admitir que no.

Entre nosotros se estaba desarrollando una nueva honestidad.

Entonces Finn llegó.

El primer día salimos a almorzar y yo intenté nuevamente comprenderla – todavía no podía decir “lo” -, su motivación y acciones. Finn, en cambio, quería saber por qué nosotros no podíamos aceptar los cambios sin más. La conversación terminó con lágrimas.

Más tarde hablamos con un terapeuta especializado en género, y aunque yo lloré y mi marido se enfurruñó, parecía que avanzábamos. Empezamos a intentar llamar a nuestra criatura Finn porque nos lo pidió el terapeuta. El nombre era dificil, y los pronombres todavía más. A veces se nos escaba un “ella”. Y también la palabra “hija”.

Finalmente parece que Finn atisbó lo doloroso que era para sus padres.

Aun así, cuando regresamos a Oregón, el adiós en el aeropuerto fue breve y rápido, el abrazo fue tenso.

Entonces ocurrieron tres cosas.

La primera fue que mi nieta me cogió uno de los libros que yo había escrito para compartirlo con su clase de la guardería. Ella explicó: “está dedicado a Henya, mi madre, Jonathon, mi tío, Alan, mi tío, y Sarah, que solía ser mi tía, pero ahora es mi tío”. Yo anhelé sentir esa misma simple aceptación.

La segunda fue un comentario de una amiga. Intentando hacerme sentir mejor, dijo: “Cuando tienes cuatro hijos, es inevitable tener uno que sea un fracaso”.

Las palabras me dejaron en shock. ¿Finn era un fracaso? Ciertamente, yo no quería pensar eso, pero a menos que yo estuviese dispuesta a dejar atrás mis juicios, era difícil ver qué otra cosa pensar de él.

Y entonces llegó el tercer evento: tuve una epifanía. Una mañana, estando medio dormida, medio despierta, me di cuenta de que lo que Sarah había hecho para ser ella misma era valiente y de un increible coraje.

Ver la acción de Finn bajo esa luz me dio motivos para celebrarlo. Él era la misma persona que había sido cuando era ella.

La semana pasada Finn vino a casa de visita. Hizo fotografías para un proyecto de arte de la universidad. Nos reimos tomando café, hicimos nuestra pizza favorita de queso de cabra, cotilleamos sobre la familia y recordamos los viejos tiempos.

Me di cuenta de lo que debería haber sabido todo este tiempo: el envoltorio podía ser distinto, pero el interior de Finn estaba intacto.

Habrá días en que los sentimientos de lo-que-podría-haber-sido regresarán. Aún estoy luchando por nadar a través de mi río de pena y rabia para unirme a Finn en la lejana orilla.

Pero siento que podría estar acercándome.

Los últimos libros infantiles de Ann Whitford Paul son “Word Builder” y “Tortuga en Líos.” También es autora de un libro para adultos, “Writting Picture Books: A Hands-On Guide from Story Creation to Publication.”

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