Estoy seguro de que lo has visto. Además, lo has visto varias veces cada año. Es el típico chiste, sketch, viñeta, broma o anuncio que retrata esta situación: una chica guapa, un chico que se acerca. Hay contacto físico. Se descubre que la chica tiene polla. Hay muchas risas.

El último ejemplo de este “chiste” manido está en uno de los anuncios de la campaña de Halloween de Clorets, que puedes ver bajo las siguientes lineas(y que ha motivado que Clorets pierda para siempre al menos dos clientes: Karen y yo):

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Cuando le dije a mi madre que soy trans, intentó persuadirme de mi idea haciéndome ver que nadie me iba a querer. Me dijo que iba a pasar de ser una mujer guapa a un hombre feo y calvo (como si por aquel entonces yo tuviese mucho pelo…). Me dijo que mejor vender el ajuar que me había ido reuniendo durante años para cuando me casara, porque nadie iba a querer estar conmigo, porque yo no iba a ser ni hombre, ni mujer, sino “una cosita intermedia”. Nadie quiere a las “cositas intermedias”.

Es la creencia popular, que nosotros no tenemos derecho al amor (ni al sexo casual).

Por eso, cuando hace unos días James Morton de Scottish Transgender Alliance, una organización con la que colaboro desde hace unos meses, me ofreció la oportunidad de posar para un retrato con mi futura mujer (a tres meses de la boda en estos momentos, porque hemos adelantado la fecha de la boda a lo más pronto posible), le dije que sí entusiasmado.

El retrato formará parte de una exposición que se llamará “Struggling love” y busca dar una imagen positiva de las personas trans que vivimos en Escocia, junto con las personas que nos quieren y a las que queremos. La exposición se mostrará por toda Escocia, y consistirá en una serie de retratos, acompañados por un breve texto sobre ellos de las personas retratadas. La pintora es Gabrielle Le Roux, a la que yo conocía ya por su exposición “Proudly Trans“, que retrata a activistas trans e interesex de África y Turkia, incluyendo algunos videos de ellxs.

El retrato, obviamente, no me incluía sólo a mí. Karen tenía que estar. Sin embargo ella no se sintió tan entusiasmada, por lo que ahora explicaré. Me costó unos 60 segundos convencerla, porque ella sabía que participar en esa exposición era importante para mí. El día acordado, fuimos los dos para hacernos el retrato.

En estos momentos, Karen trabaja de noche. Yo trabajo de día. A veces pasan dos o tres días sin que podamos vernos, porque cuando yo me voy a trabajar ella aún no ha vuelto, y cuando yo vuelvo, ella ya se ha ido. Sus turnos de trabajo son de 11 horas. Los míos, entre 8 y 13 horas seguidas. A eso hay que sumarle 3 horas de desplazamientos para mí, y 4 horas para ella. No es nada divertido.

Esa semana, yo iba a trabajar 6 días. Mi único día libre era para el retrato. Ella trabaja cuatro días a la semana. La noche anterior no trabajó, pero la de ese día sí tenía que pasarla despierta. Así que la noche del día de antes, salimos, y cuando llegamos a casa, ella se durmió conmigo, por primera vez en varios días. Quizá un par de semanas. Consiguió echarse una siesta durante los periodos de descanso del retrato, y también durmió un poco después, pero con esas pocas horas de sueño, es con lo que se fue a trabajar.

El cansancio de posar para un retrato es similar al que produce viajar en tren. Durante ese tiempo, lo único que puedes hacer es estarte quieto, mirando a la persona que te pinta (y viendo cómo ella te mira a ti) y pensar.

Yo pensaba en la persona que tenía al lado, la razón de que estuviese allí. Porque si la exposición es para dar una visión positiva de las personas trans que vivimos en Escocia, también es verdad que el elemento clave es la presencia de la otra persona, la que se ha atrevido a romper ese mandato de burla sobre nosotros, y en vez de hacernos daño, nos quiere.

Cuando conocí a Karen, yo estaba atravesado por el resultado de muchas violencias. La violencia médica sufrida a lo largo del llamado “proceso transexualizador” al que fui sometido forzosamente en la UTIG de Málaga, y del que doy testimonio en mi diario y en mi libro, todavía por publicar “Aprendiendo a vivir de otra forma”. Venía de la violencia de haber sido rechazado por personas que dijeron que un hombre trans no era suficientemente bueno para ser querido por ellas, y de la violencia de que el amor que yo sentía hacia otras personas había sido utilizado como un arma contra mí. De la violencia del amor condicionado de mis padres. Sobre todo, venía de la violencia del proceso político de creación de la Ley Trans de Andalucía, que me dejó muy tocado.

Pero Karen también venía cargando con sus propias violencias, la mayoría centradas en su cuerpo, en su peso, que también la ha venido marcando como sujeto de burla, como persona indigna de ser querida, de ser admitida entre amigos, de desenvolverse de manera competente en cualquier otro ámbito. Porque esos son los tópicos que pesan sobre las personas que están fuera del “peso ideal” (¿Ideal para quien? ¿Para los diseñadores de moda, para los fotógrafos, para los directores de cine, para los directores de cine? ¿Para los médicos, con todo su esfuerzo en estandarizar los cuerpos y sus procesos, para no tener que ver a las personas?). Una violencia que yo también he soportado, y que ha dejado huella sobre mi propio cuerpo.

Así que no es raro que al principio intentásemos espantarnos el uno al otro “no pongo foto porque no hay ninguna en la que salga bien”, “tengo casi un metro de cicatrices en el torso”, “estoy gorda”, “soy trans”.

Pero después de eso, ella me recogió, y empezó a curar todas mis heridas, con paciencia y en silencio me ha visto ir evolucionando favorablemente, desde la gravedad a la felicidad. Sin decir nada, ella sabe cosas sobre mí que yo mismo no conzco, y las usa para curarme, y para alejarme de las situaciones que podrían herirme de nuevo. “No hagas eso”, me dice a veces. A veces hace planes para alejarme del ordenador y de mis largas y extenuantes horas en mi otro trabajo como blogger. Escribir mi libro, responder clientes, preparar pedidos, hacer compras, escribir en el blog, estudiar para hacerlo cada vez mejor… entonces ella llega con una propuesta a la que sabe que no me puedo resistir, y tengo que dejarlo todo para irme con ella.

Cuando no está, la echo de menos y pienso en lo triste y vacío que está todo. Todo es exactamente igual que cuando no la conocía. O sea, una mierda. Sólo que en aquella época yo no lo sabía.

A veces, retazos de esas violencias del pasado quieren volver a través de publicaciones de Facebook, o de e-mails. Que esa política, o esa activista, que en su día hizo campaña contra mí, ahora repita punto por punto lo que me dijo que eran tonterías, lo que me dijo que no podía ser, como si se le hubiese ocurrido todo a ella, como si lo hubiese estado haciendo desde el principio, mientras su coro de fans aplaude. Y Karen me dice “me alegro de que le vaya bien, después de todo, ha trabajado muy duro para conseguir llegar hasta donde está”. Es tan aplastante que no puedo más que darle la razón, y de corazón, yo también me alegro por esa gente. Así, ya no me hacen daño.

La mente de Karen es maravillosa y alberga unos razonamientos bellísimos. También se preocupa por las cosas que nos tenemos que preocupar. Le frustra que tanto ella como yo estemos haciendo trabajos muy por debajo de nuestras capacidades. Ella confía en mí cuando las horas trabajando de camarero, y los rechazos en las entrevistas de trabajo me hacen pensar que quizá no soy tan bueno como creo ser. Entonces nos recordamos mutuamente que este es el camino que hemos elegido, que la vida de los inmigrantes pobres es así, y que ya lo sabíamos antes de salir de España. Que los ricos no entienden que ser pobre no es la consecuencia de algo que has hecho mal, o que el fracaso colectivo de una nación no implica que todo lo que provenga de ahí sea de baja calidad, peligroso, o deficitario. Que tenemos que trabajar duro para hacernos fuertes, competentes, y demostrar que podemos hacer tanto como los nativos, y más que muchos de ellos. Al mismo tiempo, tenemos que encontrar el equilibrio entre la vida laboral y la vida personal, y no dejarnos devorar por la maquinaria del heteropatriarcado capitalista que nos ve como piezas para producir más, más y más.

Nos entendemos como seres humanos completos. Como animales con cuerpos imperfectos que se cansan, que necesitan descansos y caricias y besos, y comida, limpieza, paseos y ejercicio, con sentimientos a los que es necesario prestar atención, que no debemos simplemente ignorar, reprimir o poner a un lado. Nos entendemos como participantes en la sociedad humana, arrastrados por corrientes de pensamiento que a penas podemos controlar, pero sobre las que podemos navegar. Nos une entender el mundo con perspectiva feminista para entender las claves de la opresión (de género, capitalista, clasista y xenofóbica) y conseguir ser libres de ellas, manteniendo la esencia más allá de la pobreza, del cansancio, de los horarios terribles, y de todas las cosas que somos y no deberíamos ser.

En todo esto pensaba yo mientras Gabrielle nos retrataba, y también en que Karen tendría que ir a trabajar casi sin dormir, mientras que yo sí dormiría esa noche. En los sacrificios que ella hace, y en lo torpe que soy yo devolviéndoselos. En que me gustaría que el esfuerzo que hicimos ese día (nosotros dos, y Gabrielle, que tuvo que hacer el retrato de un tirón debido a nuestra falta de tiempo, dibujando sin descanso durante siete larguísimas horas, con el brazo suspendido en el aire, sostenido tan sólo por su propio hombro, rasgando el papel con su carboncillo a toda velocidad) sirva para que otras personas que estén atravesadas por las mismas violencias que nosotros, sepan que todo eso que nos cuentan no es verdad. Que las cositas intermedias, los cuerpos que no han encajado en el peso ideal, o en el sexo ideal, también pueden tener un espacio en los corazones de otras personas. Que ser así de incorrecto, así de libre, sólo sirve para alejar de ti a quienes son felices viviendo en la corriente de la opresión, y atraer a otras personas tan incorrectas como tú, haciendo que de repente todo cobre sentido.

El retrato de la foto no está acabado. Falta cubrir de tinta la parte superior. Esto hará aparecer las palabras que Karen y yo añadimos al final, nosotros mismos con ceras de colores claros y mucha aprensión por si estropeábamos el duro trabajo de Gabrielle. Sin embargo, en él puedo ver esa expresión en la cara de Karen, la que pone cuando se da cuenta de que ella sabe algo que yo ignoro, que le he visto tantas veces, y que ninguna foto ha podido captar. Pienso que yo aparezco con una expresión de confianza que no siempre siento, pero quizá es porque todo el tiempo pensaba en Karen, en que ella confía en mí cuando yo no lo hago, y en que quiero ser mejor para llegar a merecerme la confianza que ella tiene en mí.

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